- Hola, buenas tardes. Le llamaba porque… ¿no ha notado que últimamente su internet va más lento de lo normal?
- Bueno, pues… un poco más lento sí que va.
- ¿Ve? Por eso quería ofrecerle una nueva oferta. Un 30 por ciento más barato de lo que paga ahora mismo y le enviaría un nuevo módem. ¡Más moderno!
- Pero, ¿exactamente por qué?
- No, a ver, esto es una promoción. Pero… ¿no sabe que usted es el cliente de oro?
- Pues no sé, pero ¿por qué habría de pagar un 30 por ciento menos de lo que pago ahora? ¿Y qué tiene que ver eso con la velocidad?
- Señor, nos gusta tratar muy bien a nuestros clientes porque no queremos que se vayan de Vodafone.
- Si me parece genial…. Si a mí ya me tienen enganchado de los huevos con una permanencia en el móvil, ¿qué quiere colarme una permanencia también con internet?
- ¡No! Yo sólo quiero tratarle bien, señor. Porque me gusta mimar a los clientes, porque ahora… ¡Ahora la cosa está muy mal! ¡Y no queremos que se vaya a otra compañía!
- Tranquila. No me iré. Todo seguirá bien.
- ¡Por favor! ¿¿¿No lo entiende??? Usted es el cliente de oro de nuestra empresa, ¡es la columna que soporta todas nuestras triquiñuelas! ¡Sin usted nosotros no somos nada!
- Bien, todo seguirá bien. Aleje los utensilios punzantes y cortantes que tenga a su alrededor y mantenga la calma. Todo irá bien. Respire.
- Prométame, prométame, por favor, que me será fiel hasta que la muerte nos separe. Prométame, prométame, por favor, que jamás contratará ningún servicio de cualquier otra fulana que le venda falsas ofertas.
- Ya le digo que no, que me mantendré fiel a sus servicios. Puede estar tranquila, no me iré. Pero ahora no le puedo prometer una permanencia. ¡Una permanencia no!
- ¡Dios mío! ¡¿Por qué no quiere aceptar mi petición de permanencia?¡ ¿No es acaso mi voz lo suficientemente sensual y dulce para embelesar sus oídos, señor?¿no le inspira mi presencia, a través del auricular, una confianza extrema?
- Sí, sí. Es usted la persona más dulce con la que haya hablado jamás y su voz me transmite una confianza extrema, la misma que me produce saltar con paracaidas desde el Empire State. Pero entiéndame, no puedo prometerle una permanencia.
- Bien, no le insistiré más.
- Tranquila. Ha sido muy amable. Me siento muy querido por su empresa, más que por mi propia familia. Para el año que viene, podríamos cenar juntos en nochebuena. Igual allí me convence de alguna permanencia.
- Muchas gracias, señor. Feliz navidad.
- Venga, maja. Un besete.