Todo el afluente de agua que pasaba entre ambos pabellones recordaba al desbordamiento de un río. El cielo, que sembraba el terror desde su negrura, se intuía como un manto magnético y completamente denso. Era prácticamente imposible cruzar hacia el otro pabellón. Las palmeras que rodean el lugar no estaban como siempre, verdes y brillantes, resplandecientes en las alturas. Ahora estaban escondidas entre el ímpetu de una gran borrasca. Así, la difuminación del paisaje era el eje vertebral de la visión borrosa que estaba desarrollando.
Me situé en el límite de la acera, justo donde ya termina el techo, y pensé en lo que había visto por la mañana. Si no hubiese ido a estudiar esa mañana allí quizás la limpiadora no me hubiese invitado a visitar la Torre de Vaillos. Serían las once de la mañana, y la vi a través de la ventana. Me llamó. Dejé el café que me estaba tomando a medias sobre la mesa, cogí la llave del aula y salí corriendo. Fuimos hacia la torre, que está al fondo, ante una explanada rectangular de pierdras marrones, sin palmeras, sin nada. Entramos.
- ¿Te apetece subir arriba? !Justo ayer estuvieron limpiando las plantas superiores! Si quieres…. puedes subir… – me sugirió ella con el plumero en la mano, puesto que iba a sacar el polvo a los timbales.
- !Sí! ¿Puedo?- había dicho yo con un entusiasmo desconcertante. !Tantos años había visto la torre y nunca había estado en su interior!
- Claro que sí, sube, ¿te atreves? – respondió ella muy convencida.
La puerta que daba paso a las escaleras me venía por el cuello y tuve que agacharme un poco. Justo al entrar, una escalera estrecha de caracol se iba trenzando hacia las alturas. Subir esas escaleras supuso el inicio de la fantasía que iba a desarrollar en ese lugar.
- !Cierra las puertas cuando salgas! – exclamaba la limpiadora desde abajo. – !Descuida!- contesté yo.
Se me presentó ante mí la primera puerta. Al abrirla me desbordó una sensación inquietante. La primera planta estaba completamente oscura, y tan sólo unos rayos de sol se filtraban desde una pequeña ventana cuadrada. Cerré la puerta inmediatamente pues imaginé, riendo, que la limpiadora subiría detrás de mí y me pegaría un plumerazo en la cabeza.
Continué hacia arriba por la escelara de caracol, y entonces llegué a la segunda planta. Al abrirla sentí un escalofrío. Vi su silueta. Estaba de espaldas, como esperándome. Vi perfectamente su pelo largo y castaño, las manos finas y delgadas, como si estuviesen ligeramente sudadas. Vi sus brazos finos, las piernas largas y clavadas con fuerza en el suelo… Era ella, la chica con la que soñaba desde pequeño. Era mi musa. Cerré la puerta sorprendido y bajé saltando los escalones de tres en tres.
- ¿Es qué no has subido hasta la última planta? – me preguntó la limpiadora, riéndose de mí.
- No, otro día mejor, cuando esté acompañado – dije con un poco de verguenza.
Cuando salí a la explanada de piedras y vacía de palmeras, miré hacia arriba, hacia la segunda planta de la torre, y en la ventana volví a verla. Esta vez la vi de cara. Indudablemente era ella, Mersépode.
Por la tarde, en el límite de la acera, donde me situaba y con el chaparrón que estaba cayendo, giré la vista hacia la derecha y recordé durante largos segundos su rostro. Volví hacia ella. Subí por las escaleras de caracol otra vez. Me acerqué sutilmente, le aparté el pelo hacia un lado y dejé su cuello descubierto. Ella sabía que me gustaba. Pasé los labios por el cuello. El primero no fue un beso, los siguientes se fueron llenando de volumen y la lengua iba ganando terreno en ese espacio carnal. La desnudé lentamente. Era todo como siempre había imaginado.
Ella me abrazó con fuerza. Me miraba fíjamente a los ojos y me correspondía con el mismo fuego que yo exprimía.
- Por fin has venido, dijo.
- Sí, ya estoy aquí, contigo.