Mis contactos

Facebook me recomienda que agregue  a mi padre. Y yo me rió teatralmente, me levanto de la silla, doy una vuelta y miro a un auditorio vacío, compuesto por mi cama desnuda y los calzoncillos, los calcetines, la caja de preservativos sin usar del segundo cajón de mi mesita. Por un momento pienso que la propuesta que me están haciendo es verdad.  Que, realmente, la máquina me propone ese amigo especial. Y me imagino que en los cementerios, los muertos comparten fotos.

Rápidamente me cabreo, ¡tú qué coño sabrás, máquina sin sentimientos!, le digo a mi ordenador, traspasando las competencias de la red social hacia mi enclenque portátil. Qué culpa tendrá él ahora de todo esto, pienso con compasión. Pero en ese momento se bloquea, me muestra su cara blanca de desorientación; mi ordenador no puede con tanta presión, no es capaz de procesar tanta información, porque él es así: es una máquina débil, que se desborda y se muere de píxeles cuando comprueba que no puede ofrecer una respuesta.

Facebook ha demostrado ser mejor epitafio que una lápida; un lugar sin tiempo, donde la acción se corrige con un click impersonal y desinteresado, donde el sentimiento se codifica caprichosamente en una relación binaria de números. Sería tan fácil como suspender su cuenta, eliminar su identidad de la red, devolverlo al camposanto.

Os voy a confesar una cosa: siento verdadero miedo cuando la máquina me sugiere a la persona que no existe. Y me lleva a pensar, irremediablemente, que es posible que muchos de mis contactos ya están esparcidos por el mar, o quizás en el centro del salón en un bonito cofre de metal.

Risa

“Nunca, ni en las situaciones más desesperadas, he perdido mi sentido del humor, y soy de los que piensan que esta vida es de risa y que la vida misma está hecha de pura risa y que, por mucho que ignoremos lo que nos espera al final de la misma, lo mejor es ir hacia todo eso riendo, con una trágica falta de seriedad”.

En busca de la pareja eléctrica, del libro de relatos Suicidios ejemplares. Enrique Vila-Matas

Génesis

¿Me ayudáis a ganar el premio popular del concurso universitario de relato corto? Sólo tenéis que hacer click en “me gusta” en este enlace:

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Gracias

 

Las botas

Texto premiado por la Universidad Europea de Madrid, taller de Carmen Posadas. 2º finalista. Espero que os guste.

LAS BOTAS

El hombre entra en una tienda de zapatos, observa detenidamente unos cuantos y, tras un largo rato de análisis, escoge unos. Son unas botas marrones de piel de caballo, con una cremallera a los lados. Se las prueba. Camina por toda la tienda dando vueltas de roedor, apoyándose sobre los talones e inclinándose como una bailarina de ballet sobre las puntas. Le gustan tanto que las compra. Llega a casa y sus compañeros de piso se dan cuenta de la nueva adquisición. Le dan la enhorabuena. Parece que a los dos les encanta la compra que ha hecho el hombre y lo celebran con sidra. Enloquecen ante la nueva presencia que, poco a poco, se va amoldando a la complicada fisionomía del hombre. Éste pasea por la casa, que convierte en una pasarela de moda, y se observa desde todas los ángulos en los espejos. Se gusta. Sin duda ha acertado: ha invertido requetebién su dinero. Al día siguiente, en el trabajo, toda la plantilla queda estupefacta ante el taconeo penetrante de sus mocasines. Una de las becarias se acerca a él y le pregunta que de dónde los ha comprado.  Le dice, con cierta emoción contenida, que son una pasada, que tienen como vida propia y que lo que más le gusta es el sonido que emiten cuando entran en contacto con el suelo. El hombre sonríe, se siente muy agradecido; se ve atractivo y poderoso. Y fantasea: se imagina a sí mismo trotando encima de un blanco corcel, en busca de alguna dama. Mientras, sus compañeros de trabajo hacen corrillos, chismorrean, murmuran… “¡Jamás encontraré unas botas tan brillantes, parecen tan cómodas!”, dice una. “Pero fíjate qué tacones. ¡Mira, mira cómo realzan la figura!”, dice otra.

Durante toda la mañana se producen un sinfín de halagos que el hombre toma con cautela. Son en realidad las botas de piel de caballo las que reciben los mejores adjetivos: modernas, épicas, señoriales… Sin duda, su nueva prenda está siendo una revolución. Y aunque podría parecer que se está convirtiendo en el centro de la existencia no es él el núcleo de la locura. Al principio el hombre se siente adulado. Pero, realmente, son ellas las que están ganándose la simpatía de sus compañeros. Según va pasando el tiempo siente celos. Unos celos terribles, como nunca antes los había sentido. ¿Nadie se acordará de que hoy es su cumpleaños? ¿Maruja –su potencial damisela- también se fijará en sus botines atemporales?

El hombre está enamorado de Maruja, una compañera de trabajo que se sienta dos mesas delante de él. No sabe cómo conquistarla. Lo ha intentado de diversas formas: con poesías de rima libre, con poemas complejos y métricamente más elaborados (fruto de noches enteras sin dormir), con rosas frescas, con rosas secas (secuela de las anteriores)… Pero ésta jamás ha accedido a sus pretensiones. Lo ignora. Aunque la verdad es que ahora nadie le presta la más mínima atención; las botas ya han conquistado demasiado terreno. El hombre teme que, como el resto de sus compañeros y amigos, Maruja no se fije en la verdadera esencia del calzado, en el elemento motor de las pantuflas que brillan en sus pies. Y le asusta que, como todos, se deje llevar por su impresión alienante. Por un momento piensa en deshacerse de ellas y volver a usar sus zapatillas de deporte, más modestas y discretas. Pero eso sólo estropearía las cosas: la gente echaría de menos sus zancos de calidad. Las personas de su entorno quedarían sumidas en la melancolía y eso sería demasiada responsabilidad para el hombre. Se plantea también la opción de comprar unos dulces y montar un pequeño aperitivo en la empresa, como una excusa para que alguien le felicite por su cumpleaños. Pero tampoco lo ve viable. La tarta podría resultar la más sabrosa del mundo y el hombre imagina las consecuencias: “es la tarta más dulce que he probado en mi vida”, “lo que más me gusta es el sonido que hace el merengue cuando cruza mi paladar…” Así que toma una decisión: por el momento seguirá trotando con sus nuevas botas e intentará restarle importancia a su aspecto divino.

Horas más tarde se encuentra con Maruja. Ésta, efectivamente, las ve y le dice que son preciosas. Pasa algunos minutos delante de ellas, adorando su furtiva belleza, y no añade mucho más. A continuación pasa de largo, como siempre, y se sienta en su mesa donde teclea, incansable, en un ordenador. Coge la rosa que está sobre la mesa y la lanza a la basura: ¡canasta! A continuación rompe en mil pedazos la copla de pie quebrado y resopla. Ella tampoco se ha acordado de su cumpleaños. El hombre da media vuelta y se sienta. Finalmente se resigna y acepta la situación: sus botas son preciosas.

Luis B.A

Programa de radio donde se habla de los relatos ganadores.

 

 

No fue cemento, fue masa.

De repente puedes darte cuenta: Saturno no existe.  Entonces, claro, tampoco tienes signo de zodiaco. Sin planetas y sin zodiaco eres poca cosa. Pero todos  tienen tan claro que sí… que Saturno  existe y que rueda como una pelota dentro de una lavadora. Es lógico porque la ciencia, con su rigor, descubrió hace mucho tiempo que en el cielo flotan pelotas como en un cocido y que yo soy escorpio y vivo en un trozo de tierra donde clavo el aguijón continuamente; me engancho  a la tierra porque yo soy la tierra. No hay margen así para querer ser lo que no se es. Insisto en mi obsesiva idea de querer ser como un camaleón eganchadito a una rama. Pero los camaleones sólo viven en Saturno, donde se han construido casas y palacios. Aquí en la Tierra voy con lo puesto. Es poco: unas cuantas ceras para escribir en un folio lo que yo quiera. Lo que yo quiera de verdad.