Hay batallas en las que uno pelea todos los días, incluso habiéndolas perdido. Son luchas internas, con uno mismo, como cuando tienes que estudiar y tienes al lado la cama y te pasas la tarde saltando de la cama al escritorio, con la mente más en la primera. Sabes lo que debes hacer, conoces la técnica, el procedimiento de actuación y, sin embargo, acabas en el colchón mirando hacia la pared que tienes enfrente esperando que se te revele un teletubbie con la verdad sobre todas las cosas.
Es el momento de las preguntas. Que para qué van a venir con respuesta. Para qué. La pregunta es la batalla, la incertidumbre de no saber con certeza nada: es la agonía con cara de payaso. Al final de la guerra, te deshiciste de las armas y tu cuerpecito de guerrero pasó a ser un cuerpecito más, un cuerpecito anónimo y sin ganas de levitar, sin la pretensión de ir al cielo post mortem. Te quedaste con besos en las manos, con unas profundas ganas de llenar de verde todo el espacio bombardeado. Preparaste kilómetros de agua para regar y un poco de barniz para ponerle brillo a la pintura vieja.
Pero sigues en lucha, sigues levantado por si regresan los extraterrestres. Que siempre vuelven. Y por eso estás en una guardia continua, invadido de escalofríos. Cómo vas a regar el campo si no tienes campo. Cómo vas a plantar un árbol si el árbol en esta dimensión ya es extinto. Cómo vas a escribir con musas si las musas no saben hablar. Sólo se puede hacer una cosa: guardar la regadera, preparar el abono, apagar el horno y escuchar a los teletubbies que se te aparecen en la pared mientras sueltas una lagrimilla con el canto della terra.

