Perfectamente podría ser yo el de la foto, unas cuantas décadas atrás.  Así de asombrosa es la vida.

Me quedo con esta foto. Parece sacada de una película.

Algún día fuimos una “familia”…

Si tan sólo tuvieras la firme decisión… Si únicamente me dijeras con sinceridad que te has llevado mis hojas del otoño, que vienes a devolvérmelas. Si llegaras aquí, donde derramo pasos y rastros, tan sólo para besarme. Estaría dispuesto a abrazarte y a acariciarte la voz, otra vez. Te llevaría a lo alto de los mundos, en donde sólo dependeríamos de nuestra libertad.

Si tan sólo vagases en las noches para reencontrarte conmigo. Si tu perdón no fuese sólo una palabra sino una heroica aventura.

Llámame en las noches que no duermas, en las que pienses en mí. Llámame si es porque me estás queriendo. Reclámame sin miedo. Yo lo intento; ya es toda una heroicidad escribir esto. Lo intento: vuelvo a tus recuerdos, imagindándote cambiada y distinta, pero siempre igual. Imagino la existencia sin tu voz, sin la sagrada silueta que es tu boca. Me desespero con mi cuerpo, ansioso del tuyo. Siempre igual, desesperado.

Trocéame lentamente con tu andar. Fíjate en los pálidos colores que no tienen ni nombre, para que coloreen los pálidos seres que no tienen ni figura.  Abandónate a tu imaginación que es poderosa y bella, como el día que la tuve entre mis dedos. Que no sea en balde. Que la vida sea nuestra, compartida. De punta a punta, de alma a cielo.

Sabes dónde te espero…

Ella está a una distancia prudencial y se va envolviendo de humos laicos y espumosos. Lo ve al otro lado del bar, que es de sombras marrones, propias de las historias de desamor. Como en una leyenda andaluza, ella va moviendo las caderas y fijando los ojos sobre el rostro inanimado del hombre que la espera, ansioso, sentado en una silla de mimbre. Es morena y, dicen los que los han visto, sus pezones son rosados. Sus uñas también rosadas contactan con ese negror en los ojos que da hasta terror de lo bello que es. Sabe que él la está esperando y emprende un sutil juego de olas, de movimientos que van a parar a algún acantilado perdido.

Cuando la distancia es más corta, él, valiente, se levanta. Decidido. Como queriendo destrozar el techo con su subida. Entonces, la coge del brazo y muy cerca del oído, la invita a bailar con el humo, dentro de una atmósfera incierta que es difusa y lasciva. Ella, ahora, quiere escapar hacia otro rincón de la oscuridad para, quizás, seducir a otro. Y lo hace, además, con la certeza de que el de canas se está muriendo por ella y ella por él.

 También dicen, los que lo saben, que esta mujer araña en la cama y no gime. Sólo susurra y no se sabe en qué lengua. Quizás alguna surgida de las luchas del amor. Posiblemente alguna nacida del vaivén del cuerpo con el ambiente. El hombre da un golpe en la mesa, y su desesperación le puede.

¿Que cómo termina la noche? Hagan como yo: escuchen el Tango de Francisco Tárrega para guitarra… Quizás comprendan mejor esta fantasía mía…

Hay una imagen del terremoto de Hati que me estremeció. Y como a mí, a mucha gente. Quería haber escrito sobre esa escena: un bombero salvando a un niño de los escombros. Sin embargo, hoy me he encontrado que Manuel Vicent en ElPaís ya lo ha hecho. Por eso, sólo me queda que remitiros a sus palabras, a sus sabias y siempre interesantes palabras.

Lágrimas

Mi habitación en La Habana daba a un patio interior que tenía mucha resonancia. El ama de casa me advirtió que hacia la medianoche oiría el orgasmo de la mulata del primero derecha; luego, al amanecer, me despertaría el canto de una docena de gallos que los vecinos criaban en las terrazas y enseguida, abajo en el solar, comenzaría a llorar Camilito, el hijo de la negra Teresa. Todo se producía según lo esperado cada noche, aunque el llanto del niño parecía no tener fin cuando empezaba a llorar después de que cantaran los gallos. Camilito berreaba sin parar, a veces se encanaba y al quedarse más de un minuto sin respiración yo creía lleno de angustia que había muerto, pero ese silencio sólo era un punto de apoyo para redoblar el sollozo con más fuerza todavía. En medio de su berrinche, que podía durar una hora o más, se oía la voz melodiosa de la negra Teresa, que decía: “Camilito, mi amol, qué te paaasa”. Al final el niño conseguía ser atendido y su llanto había tenido un sentido. Los bebés lloran como un mecanismo de defensa cuando sienten hambre, sed, frío, calor u otra molestia. Basta un mínimo problema, el biberón, el chupete, los pañales, para que el bebé llame la atención. Madres amorosas, niñeras solícitas, criadas cariñosas o enfermeras profesionales acuden a la cuna tan pronto como oyen que un niño mimado emite el primer vagido. Camilito lograba que su madre le atendiera después de desgañitarse durante una hora seguida; muchos niños afortunados lo consiguen en menos de un minuto, pero hay millones de niños que no obtienen nunca una cosa ni otra. En el campamento de refugiados ruandeses en Tanzania me di cuenta de que los niños no lloraban. Sólo miraban fijamente a sus madres. Un médico me explicó que allí los niños no lloraban porque su cerebro ya había codificado a través de su larga miseria heredada que el llanto no les servía de nada. El dolor estaba asimilado al silencio. En la tragedia de Haití se ha visto en una foto famosa al bombero Óscar Vega con un niño de dos años en brazos, rescatado de los escombros. El niño tiene lágrimas en los ojos, pero tampoco llora. Sin duda ha aprendido bien la lección mucho antes de nacer. Sabe que al final del llanto no hay nada ni nadie. Sólo parece asombrado de seguir vivo.

Nadie puede entenderme. Tampoco quiero que eso pase. Antes, podía pasar. Ahora, no. Hay un elemento esclarecedor del porqué: ha muerto mi padre. ¿Y eso? ¿Eso cómo se lleva? Pues mira que le doy vueltas a lo largo del día, pero no lo sé…

La idea de su muerte en mi mente es una cruz, una aguja metida entre las neuronas y el alma. La intento esquivar y resistirme a ella, hacerme el duro. Pero nunca he sido un tipo duro. Y por eso todo me cuesta: me cuesta dormir y despertar, me cuesta andar y parar, subir o bajar. He llegado a soñar que su muerte es una mentira, un montaje televisimo al estilo “El show de Truman”. O que moría en un accidente de coche. Cosas varias, ya ven. Pero sueño, le sueño. Digamos que es entonces el único momento de esta vida en el que puedo reencontrarme con él. En ese sueño aturdido y nostálgico que, mientras dura, no muestra apariencia de fantasía. Todo lo contrario. Allí soy feliz con él o lo vuelvo a sentir y vuelvo a recordar sus cosas, nuestras cosas de andar por casa.

Aunque tengo muchos recuerdos, tengo un gran miedo, que está por encima de todas las cosas: olvidarlo. Ya sé que es algo imposible, pero el otro día, por unos instantes muy fugaces olvidé su cara. Tuve una sensación extraña: era como si no fuese capaz de montar en mi mente su fotografía. Y, por eso, tuve que acudir a su facebook (que todavía vive en la red) para encontrarme con él en la pantalla. Entonces me quedé más tranquilo: ¡Uf, eres tú!

Llega el momento, entonces, de sentarme junto a la pantalla largos minutos. Voy moviendo la vista a ras de su cara, percibiendo el dolor que irradian sus ojos. Me detengo en el pulso de su corazón que se manifiesta en el color de su cuello. Ahora es cuando llegan las cuestiones, y quizás, algún reproche fundamentado en razones pasionales: ¿por qué me has engañado

Y, entre toda la rutina del día, y entre la luz del sol y los sonidos de la calle, en mi mente retumban sus últimas palabras: “nene, no puedo hablar. Estoy mal” Lo de después ya es el sonido de la incertidumbre al quedarse uno en blanco ante la intermitencia de la línea del teléfono.

Me ha cautivado hoy una periodista - ahora no recuerdo su nombre- del diario ADN. Ha sido elocuente y muy aguda. Proponía al lector resumir su vida en cuarenta palabras, las que bien han cabido en su propia columna. Así lo ha hecho ella. Numerándolas una a una, separadas por puntos. A continuación ha advertido de la dificultad de resumir la vida en sólo cuarenta palabras. Y ha avisado, asimismo, del peligro de depresión una vez hecha la lista.

Aquí va la mía:

Música. Papá. Juanjo. Paula. Tía. Saxofón. David y María José. Recorrer Santa Pola.  Carcajadas histriónicas. Romanticismo. Agobios. Periodismo. Escribir por las noches. Coser ilusiones.  Zaragoza. La enfermedad “echar de menos”. Dormir. Las palmeras de elche. Estudiar.  La B.U.M. Caminar adelante.

Hagan su lista. Entenderán mucho mejor su vida en pocas palabras

El karaoke es un buen exponente del verdadero romanticismo: el de la calle, el cercano, el tangible. Es un romanticismo de humo y alcohol, que invierte mucho tiempo en canciones de Nino Bravo, Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Rocío Jurado… Los románticos del micrófono se abren paso en un escenario de público reducido y siempre son jaleados con aplausos y risas. Cantan desde el alma y para un destinatario concreto; un destinatario que, bien seguro, estará sentado entre la confusión del público que va consumiendo, sin ganas casi, vasos de whisky. No importa ni la desafinación ni el pasmoso ridículo. El hecho de cantar a María o a Teresa desde el escenario con todo el amor que uno tiene sobre el taburete ya hace heroica la acción de transitar un karaoke.

Hay algunos que viajan solos sobre el escenario de madera. Otros, se acompañan de viajeros con los que contar las ovejas en la larga noche. Muchos se descarrilan y acaban heridos en las vías. Algunos de ellos consiguen salvarse de la desidia y encuentran en cinco minutos de canción un escape de sus vidas. Todos, imponen su voz al aire y consiguen que el ambiente sea místico.

Creo que el romanticismo de verdad sólo puede vivir, tal y como está la vida hoy en día, en un karaoke. Sino recuerden a ese soltero entrado en años, que deja el vaso en la mesa, y sube de forma anodina las escelaras hacia el olimpo de micrófonos. Su mirada desde arriba se pierde hacia el público y su concentración es absoluta. Entiende lo que canta y sabe por qué lo canta. Su canción no es aleatoria: la ha elegido tranquilamente entre una abrumadora lista de títulos. Tiene unas cuantas oportunidades para difundir su mensaje. A continuación subirá esa señora que está semi borracha, un poco despeinada. Eso sí, elegantemente vestida, esperando a que el anterior, por qué no, la seduzca con algunas palabras zalameras.

La ausencia, por un lado. La incertidumbre, por otro. Entre medias: el nerviosismo de la curva porque entre ausencia e incertidumbre no existe la línea recta. Sólo un camino abarrotado de curvas, desviado hasta la médula, interrumpido y, ¡claro!, infinito. Sobrevolando este  camino inestable, surca el cielo algo que podría ser una mezcla entre un ser del mundo de Pandora y un cuadro de Manet. Es un alma libre, sin color, con puntos, sin líneas. Como una melodía de Debussy.

Si este ser, despojado de sus miserias, cayese rendido al suelo, moriría ante la asfixia de un mundo injusto:  éste. Y entonces se arrastraría hasta buscar, por ejemplo, una fuente de agua cristalina de la que beber algún sorbo para calmar la sed. Jadearía hasta la saciedad y lloraría de desesperación. Comprendería, entonces, que está inmerso en la incertidumbre. La que nos invade cuando no sabemos si somos queridos, cuando creemos que nos ha olvidado algún ser querido, cuando no sabemos si la elección es buena, cuando, en definitiva, estamos cabalgando en el capricho del destino. Esta incertidumbre pasajera impediría que  sobreviviera medianamente bien con él mismo -”¿qué hago? ¿dónde estoy? ¿por qué? ¿qué camino escojo? ¿soy tan diferente a los demás?”

Y entonces llegaría la ausencia . Del pasado, del presente. Una ausencia que es como la lija, que te destroza la cara si la pasas con fuerza, y sangras, gotita a gotita, un flujo de dimensiones diminutas. Es, precisamente, la ausencia que sale de esa canción que nos destroza por dentro, que nos mata en la cama y no nos deja dormir. La ausencia del rincón perdido, de ese lugar que nunca ha vuelto a ser visitado con esa misma persona. Entre esas palmeras… o !entre esas olas del Mediterráneo! Es la ausencia amarga de la muerte y, a la vez, de la vida.

Finalmente, el ser bailaría borracho entre las curvas, casi dormido en el nerviosismo. Y se acostumbraría a las cosas que todos nos hemos acostumbrado: al silencio, al dolor, al beso y a las sonrisas…  En fin: todas esas cosas…

Mi Navidad empieza en Zaragoza. En un teatro lleno de luces, de frentes coloreadas con maquillaje. Behind the scenes se desarrolla lo demás, lo adverso a las circunstancias, lo inadmisible y, tal vez, lo prohibido. En esta obra ha nevado. Nevó el día del belén, el día del madrugón, el día en que paseé por el centro. La nieve cuajada a medias en los coches se implica radicalmente en el ambiente: un cielo blanquecino y pesante. Y como consecuencia, el frío. Un frío presuntuoso y voraz que acompañado por El Cierzo se convierte en un huracán de chuchillos. Sin embargo, la sensación deja un regusto agridulce.

Los personajes son así. Psicológicamente bien perfilados, con sus facetas contrastantes y su capacidad para llevar hacia delante el hilo conductor de la tragicomedia. Son queridos y familiares. Son mi familia. 

Pero ahora, la función ha hecho un break.  Los actores toman su descanso, su merecido descanso. Dejan apartados los guiones y pretenden inflarse a turrón y a besos. Y hacen bien. Pero yo todavía ando por aquí, encima del escenario. Sólo que ya no hay nieve. Tampoco están los maquilladores, ni los focos. Está el olor que anda a caballo entre limpieza y suciedad, está la sensación que queda de soledad en el patio de butacas de un auditorio, de un teatro antiguo cuando ya no queda nadie, cuando el último espectador cruza la puerta, sortea la cortina y se oye la última pisada en la moqueta.

A pocas horas de apagar la luz, de cerrar la puerta con llave, y de cerrar mi guión me entra un miedo concreto: el miedo a volver a mi vida. A la real. A la que no está escrita.

Es el último libro de Manuel Vicent. Lo compré el otro día en la Fnac. Allí estaba, postrado entre tantos libros… Yo iba caminando, abrumado por el frío de la cercana Navidad, perplejo ante el agobio de los compradores, aniquiliado por los humos del invierno y de los cigarros… Entonces pasó. Lo vi. Él me vió. Lo compré…

Este libro consiste en una recopilación de trazos (dibujos, retratos, semblanzas psicológicas…) de los autores que han marcado la vida como lector a Manuel Vicent. Entre ellos están Gertrude Stein, Virginia Woolf, Céline, Rilke, Truman Capote, Albert Camus…

“Todos los grandes escritores son bipolares. Llevan una vida secreta y utilizan la literatura como tapadera para ocultar sus sentimientos. Lo que hacen en transferirlos a sus personajes”. (Manuel Vicent)

Me pido para reyes el último de Sabina.

P.D: He sido muy bueno…

Cuando se hace de noche esa amada mía, a la que hoy todavía añoro, se tapa porque tiene frío. Se cubre con sus largos brazos, infinitos verdes que acaban en pico. Y se frota con los marrones circulares, algo amorfos, a lo que llaman dátiles. Se peina con la brisa que surge en el Vinalopó. Río que, minúsculo y delgaducho, muere en Santa Pola. Son prepotentes las lagunas en el cielo porque le plantan cara desde las alturas, con la máxima pretensión de encandilar a los viajeros que transitan por las calles.

Cuando se hace de noche esa amada  mía, a la que siempre recuerdo, tirita porque tiene frío, y se esconde entre las matas perdidas y entre las flores que se expanden en los parques. Su movimiento es un ladeo sutil, y sus extremidades de fuego, que circulan hacia el infinito, quieren besar la tierra. Pero la noche la ciega, y la aturde, y la engaña, y la empuja, y la olvida…

Cuando se hace de noche esa amada mía, a la que nunca olvido, se estremece ante una melodía que tiene forma de himno. Se hace pequeña y se sobrecoge ante la grandeza del tiempo y del desarrollo de la vida. Todo es grande, tan grande que no le cabe ya en las manos, ni en el regazo. No puede sostener entre sus dedos el enjambre descosido de los enamorados. Porque son muchos y son muy enamorados, y son muy lejanos, y son muy perdidos, y son engañados.

Cuando se hace de noche esa amada mía me reclama en el día, me despierta en la mañana, desnudándome el cuerpo con el suyo, con su tacto de palmera, con su sabor de ilicitana. Por las noches y por las mañanas revivo los caminos que tuvieron lugar en sus rincones. Revivo las palabras y los sueños que siguen vigentes en el documento oficial de mi vida.

El olor de pescado y de redes, de nudos de barcas, está husmeando en la calle del Muelle a nuestro paso.  Sólo tengo unas pocas primaveras y me engancho de su mano, tibia, algo áspera. Un “boomi” -no recuerdo si se escribía así…- se me escapa de las manos. !Cómo siempre! La dichosa bola de la naranja que se me resiste. En realidad, la tiraba a cosa hecha. Era mi “polo” preferido. Siempre comía ése mientras dábamos el paseo de los domingos.

Al ir, la playa a la derecha. Mi playa santapolera, a ras de mis pies, a un leve impulso de mis ojos, nos acompaña. Las olas asoman sus cabezas entre la almohada de látex que es el cielo, y las nubes, que son pocas, se desplazan lentamente, caminando como nosotros. Las voces se confunden en una claridad concreta, brillante del Sol, que las hace bailar al son de los ruidos de motores y ruedas, de cláxones y risas. Como siempre me canso. Una vagueza natural en mí arruina la espontaneidad de la arena, de todos sus granitos de tierra y piedra molida. Me mira y se ríe, de mí y conmigo. -”Sanganet, sanganet, serás vagancio…” – me dice con ese tono pícaro.

Bajo del brazo lleva el diario Información y el suplemento dominical.  Es coqueto y se mira en los espejos. Los cristales de las gafas lo enfundan en negro y zarandea su cuerpo cómodamente. Me llama continuamente “Piesito…”, como el dinosaurio del Valle Encantado. A mí, como siempre, me hace gracía, y le digo que se calle. !Qué pesado! !Siempre con tonterías!

Vamos caminando hacia la Casa del Mar. Croquetas, quisquillas, calamares y una Coca Cola es el aperitivo. Allí lee el diario gris y busca a ciencia cierta noticias de su querido Hércules, que siempre lleva en el alma junto al Barça. Mientras ojea las páginas del periódico voy vaciando los platos y miro por la ventana: parejitas, señoras mayores agazapadas en perfumes intensos, señores rudos cubiertos de halos de puro, señoritas que empujan carritos de sollozos y sonajeros, perros que olfatean las pisadas de todos los anteriores… Me imagino mientras estoy con él cómo seré de mayor, qué seré de mayor… -Papá, yo quiero ser músico- Pienso si tendré pecas como las tengo ahora y si tendré la misma cara de bollo. Deambulo en un pensamiento incierto sobre la adolescencia,  sobre todas esas cosas que oigo por la televisión. Pero no me atrevo a preguntarle nada. Sólo pienso las cosas mientras lo miro, y entre tantos pensamientos, me imagino que traigo a casa a mi chica. Una chica  delgada, cuya voz impregna de belleza toda su altura. Entra por la puerta y entonces, desde el fondo del pasillo, aparece mi padre con una sonrisa infinita, invitando a la acompañante a pasar. Pero entonces tengo pánico a que le suelte alguna barbaridad de las suyas, aunque en realidad, !me haría tanta gracia… !

Se acaban los platos definitivamente. Salimos del bar y vuelve el olor a red y a barca, que jamás se ha ido de donde está, por cierto. Me agarro nuevamente a su mano que me protege del entorno, me proporciona la inercia y me indica el camino. Como una cadena, me acojo a su apertura de mano, que me ofrece, además, ternura. Vamos subiendo por la calle Deán LLópez, Caridad, Virgen de Loreto… Llegamos  a casa. La sierra nos enseña una de sus partes y algunos árboles y matas secas se enzarzan en una lucha por sobrevivr ahí donde están. Una abismal pulcritud en el aire contagia nuestro cuerpo de energía, de buen humor.  Entonces una elegante sentencia me eleva a la máxima felicidad de niño: te quiero mucho, Piesito.

Y yo también te quiero, Papá.

Hace unos dos meses auguraba en una práctica para la Universidad que mi padre no iba a morir. Que su enfermedad iba a desaparecer y que, por tanto, iba a salvarse de esa salvaje canallada que era el cáncer. Como siempre, me equivoqué. Pero quería ser optimista. En parte, logré serlo porque él así me lo mostró: todo estaba bien, no había ningún problema, todo se desarrollaba con normalidad. El tiempo ha demostrado lo contrario y, una vez más, me ha dado (como dice Serrat ) “un beso en la boca” (¡). No obstante tengo algo mucho más poderoso de por vida. Un secreto más para mi alcoba, un arma de doble filo, una razón más para sobrevivir: su vida.

ESCRIBIENDO CON RACHMANINOV

Pasase lo que pasase la función habría de continuar. Y no era plan, desde el principio, de enrendarse en escabrosas actitudes. Así que opté por respirar con precisión, como si estuviese midiendo cada ráfaga de aire.
Zaragoza. Media tarde. Una ingrávida sensación se desploma desde El Pilar. Se expande por las inmediaciones y llega hasta un recoveco absurdo de mi persona. Arrastro las maletas hacia la puerta. Univérsitas 61, sexta planta. Puerta I. Como cualquier terrestre odio las despedidas. Por eso no tardé en secarme unas cuantas lágrimas que, espesas y diurnas, se tropezaban entre mis rasgos. Ahora se trataba de aflojar un poco el pómulo, ajustar un poco todas las texturas maxilofaciales y mostrar una aparente tranquilidad exterior. Era cuestión de tiempo, claro.
Al día siguiente, se produjo una metamorfosis lenta y paulatina, escalonada como las salidas de vacaciones. Los movimientos oculares ya eran más tranquilos y los temblores en las manos y en las pestañas estaban controlados. La ropa colocada en los armarios. Las fotos presidiendo desde las paredes. Ya estaba todo listo para que mi habitación-cuchitril acogiera en los próximos meses un torrente de vivencias secretas.

Por un lado estaba la certeza (casi) absoluta de que la enfermedad de mi padre se iba a desarrollar bien. Por otro lado, estaba ese cuaderno de tapas duras y negras, cuya cinta roja acorazaba de una forma impávida su interior.  (…)

Últimamente me da por fijarme en el número de cosas que veo: tres zumos en la nevera, un paquete de galletas en mi habitación, cuatro semáforos consecutivos desde ése lugar hasta el portal de mi casa, cinco chinchetas… En fin, el número de cuántas cosas hay. Al acercarme de esta forma al entorno, me pierdo en la extremidad del objeto/s; mi escrutinio es externo, superficial: una vista de águila. Algo global. El análisis puede resultar incompleto.

Vean. Dos piernas, dos pies, Dos brazos, dos manos. Dos ojos, dos pupilas, dos iris. Dentro: un esófago, un hígado, un cauce violento de sangre, un corazón… Por eso dirán que la vida es matemática… Así que…  Mi cuerpo es aritmética, el tuyo, geometría. En la matemática están los números rojos. Están los ordinales, los cardinales. Están los negativos, los positivos. Los racionales y los iracionales. Pero también están los numeros imaginarios. Los incompletos…

A ver. Medio cuerpo. Media voz que no sale, no se oye. ¿Por qué? Porque medio cerebro no actúa. La razón: un cuarto de alma está de luto. Dos cuartas partes de mis manos tiemblan al pensar en ciertas cosas. Y, entonces, un número X de neuronas indican a mi organismo la respuesta adecuada.  Procesos del conductismo psicólogico trabajan a deshora.

Me levanto a las ocho de la mañana, la segunda puerta a la derecha: la cocina. Allí me haré el desayuno. Sin ganas, claro, despegaré los pies del suelo, y en un esfuerzo por volar, chocaré contra la ventana. Paradójico. Como el pájaro que tengo colgado en la pared de  mi habitación. Lo hizo mi hermana en el colegio. Es un simpático pajarillo pintado (sin demasiada destreza plástica) de amarillo. La jaula tiene un lazo rojo arriba (es difícil imaginar una jaula con un lazo, pero la tiene, lo aseguro). El volador está sonriendo, parece. Aunque no sé muy bien cómo es una sonrisa de  pájaro. Pero todo parece indicar eso. Mira hacia la izquierda y asiente con la cabeza. Delante de él: siete barrotes de lana. No le dejan escapar !Y eso que son de lana!.

Las nubes se desplazan movidas por un instinto básico. Se forman por el enfriamiento del aire,  por la unión de tantas gotitas de agua… Imaginó, así,  que si cogía cada gotita de agua podría entender todo aquello que formado está de ella: un río, el océano, una lágrima, el beso húmdeo, el cuerpo entero… Y que, aglutinadas como en la nube, podría entender el movimiento azaroso de todas las formaciones acuosas: la mezcla de besos, la continuación de las lágrimas, las mareas… Sin embargo, la introspección se convirtió en un manifiesto cerebral que venía de muy adentro. De este modo, el razonamiento del porqué se quedó exiguo de fundamento y el camino se entorpeció hasta el punto de tambalearse y romperse como se rompe una copa de cristal.

No entendió que las nubes, según su posición y sus características se visten de diferentes galas. Los cirros – transparentes y sin sombras- se calzan a brochazos, las nubes medias causan las lluvias finas y se perfuman de sombras ligeras, los estratos hablan en gris y beben de los otoños… Nubes y nubes. Cada cual con su elegancia y su destreza. Cada una con su altura y con su impertinencia, con su movimiento y su aglomeración de vapor, que cae al suelo como un rocío olvidado.

No obstante, no pudo delimitar apartamentos estancos en el cielo. No veía diferentes nubes. Sólo capturaba las gotitas en conjunto, en un todo material que se sostenía, ingrávido, desde las alturas. Y mucho menos fue capaz de hacerlo con todo lo acuoso de la Tierra. Si no podía entender cómo funcionaba toda la maquinaria nubosa menos podía entender cómo empezaba a desarrollarse un beso. O mejor: el deseo de ese beso.

En esta pequeña frustración, quiso manifestar una duda: ¿cómo digiere el alma el agua que llega de las nubes? Sin embargo, nadie contestó y por eso mismo optó por reflexionar junto al estrato que separaba la tierra del cielo; una masa amorfa y sin sentido. Poco más tarde, vio la belleza de las nubes cayendo desde los tejados, colándose por las rendijas de las ventanas, abriéndose paso entre los humos de los cigarros, obstruyendo las miradas y las respiraciones, calmando los dolores de las palabras y, mejor aún, sanando las tristezas de aquellos que han quedado gravemente dañados.

Pero sólo era una nube. Una nube que viajaba en el cielo de forma azarosa, y que, ahora cirro y ahora estrato, ahora lluvia y ahora nada.

 

!De qué forma tan cruel te has ido, viejo! !Qué cruel!

!Maldita vida insana! !Maldita vida injusta y mendiga! !Rastrera! !Infame y cobarde! !Que te me has ido y me has dejado!

Papá, y ¿qué hago yo ahora sin ti? ¿Hablarte por este espacio efímero

Miro el móvil todos los días, como esperando recibir tu llamada. ¿Por qué no me llamas? ¿Te has olvidado de mí? ¿Qué pasa?

!Qué ciego he estado! Ahora te veo en los ojos monstruos e infiernos, enfermedad, todo de esa mierda que te ha llevado. !Me cago en todos los dioses! !Maldigo la hora en que dejé de verte! ¿En un tren? ¿Allí?

!Cielos! !Cómo vibran mis almas al sentirte! !Cómo tiemblan mis ojos al pensarte! !Mi voz se corrompe al maldecir esta macabra ausencia! ¿Dónde estás, viejo?

Mis piernas se olvidan del suelo. Los ojos se emborrachan de vacío y huyo, pasivo, a oscuridades en donde no hay nada. !Malditas palabras que nos enseñaron a decir te quiero! !Basta!

!Cuánta rabia que no se endereza! !Que lo nuestro no fue una despedida! !Ni siquiera un hasta luego! !Tonto de mí! No notar tus gritos. No escuchar tus llantos inocentes, que reclabaman desde algún lugar ayuda. !Maldito yo! !Imagen absruda que se refleja en el espejo!

¿Dónde estás?

 

De golpe me hice mayor. Un golpe directo. Una estacada. Algún ser insensible, de aspecto lejano y distante, cuyo rostro aparece desfigurado, me dejaría sobre la mesa una serie de contratos para estar acreditado en el infierno. Y he de asegurar que fue una experiencia horrible. Sin saber ni mirar lo firmaría, manipulado por algún Dios supremo, por algún monstruo sin piedad. Y en principio, aquí ando, un poco desorientado. Me dan papeles y noto su tacto frío de imprenta. Los leo con atención como si fuese a descifrar algún enigma. Sin embargo, es sucia y ruin burocracia. Como diría en otra ocasión -una expresión que me encanta- : putas palabras destructoras.

Como diría Miguel Hernández “temprano madrugó la madrugada”, “no perdono a la muerte enamorada”, “no perdono a la vida desatenta”, “no perdono a la tierra ni a la nada”. Porque llegó pronto. Es así. Murió mi padre tan pronto y tan rápido que ni siquiera he podido presenciar sus últimos días. Ni siquiera he podido ser consciente de que se apagaba, de que se iba. Y yo, inesperadaente, recibiría un hachazo duro y terrible. No he entendido el proceso. No ha habido formalismo previo. No ha existido protocolo ni preparación. Sin más: ha desaparecido. Se ha esfumado. Nadie me enseñó en la escuela a perder a un padre. Ninguna película me instruyó en la forma de llorar: amarga y desconsolada. Ningún médico me dio receta para el dolor de alma. Nadie me dio una brújula para orientarme ante la muerte cercana. Nadie me dio el pañuelo efectivo que recogiese las lágrimas húmedas y continuas, extensas. ¿Cómo se reciben estos empujones? ¿Cómo se calma la extensión sangrienta de una herida que no se ve? ¿Cómo se camina si se ha olvidado la forma de situar los pies de una forma consecutiva? ¿Cómo se mira al mundo si se ha perdido la percepción de la realidad? ¿Cómo se respira aire limpio si los pulmones están llenos de amargura?

La última vez que lo vi fue en la estación de tren, cuando me iba. Y en ese mismo lugar, cuando estuve de vuelta, supe que había muerto. Pero, ¿cómo es posible? ¿Cómo puede ser verdad semejante oración?: “Tu padre ha muerto”. Este acontecimiento, la pérdida de mi padre, se convierte en un enigma. Se convierte en una hipoteca de por vida para la inteligencia, para los sentimientos y los sentidos. Su pérdida es una inyección de incredulidad hacia la vida y las personas, de decepción general y de fuerza desbordante. No sé donde habita ni cómo se desarrolla, pero cada vez que pienso en él me enciendo como se enciende el madero en la hoguera. Y aúllan mis venas desde el silencioso transcurso de la sangre. ¿Dónde está su sangre? ¿Dónde están sus articulaciones? ¿Y sus ojos que han visto tanta vida? ¿Dónde está su corazón que ha albergado tanto cariño? ¿Y dónde está su voz que ha enseñado tanto? ¿Acaso he perdido su risa que emerge, ingenua y picante, de su boca? ¿Acaso he perdido para siempre el ténue sonido de sus vocales? ¿Ha finalizado la cadencia pausada de su forma de ser? ¿Dónde están todas sus cosas? ¿Dónde está su ropa? ¿Y dónde están sus movimientos? ¿Ha llegado ya a casa? ¿Suena el ascensor? ¿Está cansado? ¿Está feliz?

Un cáncer miserable me lo ha quitado. Pero se ha ido en silencio, sin molestar. Se ha ido como un héroe, con una ilusión increible por vivir, por hacer felices a los demás, por hacerme feliz a mí. Nunca supe cómo de grave era su enfermedad. Nunca supe qué pasaba realmente. Simplemente sabía que estaba ahí, cuando yo estaba lejos de él, a la otra línea del teléfono. Estaba para darme ánimos, para preguntarme si pasaba frío y si estaba feliz en mi nuevo ambiente, en mi nueva casa de Zaragoza, donde ahora estudio. Estaba para que escuchara su risa, para hacer patetente su existencia, para que tuviese claro que tenía su apoyo incondicional aun a sabiendas de que su vida colgaba frágil de un hilo.

Ha sabido cómo mirar a la vida, cómo plantarle cara. Ha sabido moverse hacia los demás, acercando un cariño infinito. Ha pretendido ser el mejor padre y, sin duda, lo ha conseguido.

!Es injusto! !Es tan injusto! !Es injusto que yo le dedique unas palabras cuando no las puede leer! !Es horrible decir algo tan importate y que no lo vaya a leer!

Pensar que tu padre está dentro de una caja de madera es una tortura. Como lo fue elegir el color de su lápida y escuchar a ese hombre, a ese cura, diciendo la última palabra. Fue una tortura ver esas flores coloridas, que lo enmarcaban en un escenario macabro de rosas, y hojas verdes. Tortura fue ese cristal que me separaba de él, y fueron tortura todos los pésames. Tortura fue meter su ropa en bolsas y rebuscar entre sus cosas, seleccionar papeles y objetos, remover sus recuerdos y hacer una pequeña cajita de cosas… De esas cosas… Ahora, compañero, compañero del alma, te llevo a todos los lados. Ahora, compañero del alma, padre, te pienso desde todas las perspectivas y te invito a que no me abandones nunca. Porque ahora que no estás, es cuando más te necesito.

Me hice mayor en el mes de octubre. El día 27. El día en que mi padre murió.

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Desde Zaragoza, con poco tiempo y sin acceso a internet, escribo la primera entrada de esta nueva etapa. Vivo en un piso amable, simple quizás. Mi habitación -mi cuchitril- se convierte ahora en mi pequeña guarida. Pero sobra. Puedo vivir perfectamente entre esas cuatro estrechas paredes. Cuando abro las puertas de los armarios no puedo pasar al otro lado del habitáculo. Pero a mí eso me da igual. Tengo fotos colgadas en las paredes. Son mis amigos y es Santa Pola. Es, además, mi decoración personal. Elegante.

Tengo una rana verde donde meto la ropa sucia, y una estantería es la que acoge el sombrero que me he comprado -un capricho marrón a cuadros, de otoño salvaje- . Hay objetos varios, un saxofón y partituras. Hay una gran ilusión ahí dentro. Hay ganas de trabajar. Hay música. Estoy cómodo y estoy bien. Y no podía estar tan bien sin leer, desde tierras aragonesas, a mi amado Manuel Vicent. Lo leo pensando en muchas cosas;  en las musas muertas y en las revividas, en las nacientes y en las olvidadas, en las desconocidas y en las atónitas, en las desterradas.. .Pienso y pienso. Tengo a otros autores esperándome (Kafka, Werfel, Raymond Carver…), pero de momento reflexiono. Considero que es lo mejor que puedo hacer. Eso y hacer música. O al menos, intentarlo.

ASTRONOMÍA. MANUEL VICENT

 

De noche, al final del verano, en la terraza de un café a orillas del mar, un hombre y una mujer de mediana edad discuten de cosas domésticas. Por la violencia soterrada de las palabras, acompañada de crueles silencios, parece que la pareja está al borde de la ruptura. Bajo miles de millones de galaxias, que pueblan el universo infinito, la mujer le echa en cara al hombre, una vez más, que se olvide siempre de bajar la tapa del retrete. En la mesa vecina un viejo le muestra a un niño la Vía Láctea, que se ve con toda claridad esa noche de luna nueva y luego con el dedo enumera con su nombre algunas constelaciones: Perseo, el Cisne, la Osa Mayor, la Casiopea. Los clientes del bar se enteran de otros problemas de la pareja: la mujer no cierra nunca el bote de champú y deja además pelos en el lavabo; en cambio él ronca como una foca y después de la ducha nunca cuelga la toalla mojada. Es la fase terminal de un amor. Desde la terraza del bar se distinguen a simple vista algunos satélites de Júpiter formando un collar. Son Ganímedes, Io, Europa y Calisto, cuyo descubrimiento dio con el pellejo de Galileo en la mazmorra. Si todos los que han soñado con ir a Ganímedes hubieran realizado ese viaje, allí no se podría aparcar, dice el viejo. En otra mesa una chica le propone a su amigo ir nadando mañana hasta el escollo de la Mona, un pequeño islote deshabitado, que está lleno de hinojo marino. Son muy jóvenes, recién salidos de la adolescencia y su pasión se halla en el primer grado de embriaguez. Les basta con mirarse intensamente a los ojos sin importarles nada las estrellas. Mientras la mano del chico sortea las copas del helado de chocolate para alcanzar tímidamente la mano de ella y con la yema del índice le acaricia las venas del dorso, como un camino entrecruzado que aún ignora adonde le va a llevar, la chica le dice que el hinojo marino hervido con vinagre es excelente para la ensalada, según le ha contado su madre. Bajo las constelaciones en la terraza del bar un amor empieza y otro termina. El viejo le dice al niño que el planeta Júpiter es una estrella fallida, mil veces mayor que la Tierra. Su poderosa atracción absorbe toda la basura del sistema solar. También se lleva a Ganímedes los sueños de los amores perdidos.

Creo que mi vida no sería la misma sin los amigos que tengo.  Al escribir este juicio me siento  amparado por una gran muestra de empirismo cotidiano. De ejemplos diarios. De dosis mensuales de amiguismo, de colaboración en esta vida de locos de lumbreras distraídos, de paracaidistas anonadados.  Me siento acompañado, y bien acompañado, en este circo de siniestras ideas, de mentes tránsfugas y banales.  Mis amigos no son los que son por el azar. Mis amigos forman parte de mí desde el día en que su existencia ha supuesto la existencia de mi coraza, de mi armazón personal. Porque, al final, no somos más que un filtro humano que canaliza lo mejor de los demás. A lo largo del tiempo -unos con más acierto y otros con menos- nos dedicamos a absorber las mejores premisas de nuestros semejantes para que sean parte integrante de nuestras verdades nuevas, de nuestras características personales. Somos sino la suma minuciosa y bien cuidada de todo lo que penetra en nosotros. Por eso, no somos uno, sino la suma de múltiples personalidades.

Cuando me pierda entre los huecos intangibles del mundo, pensaré en sus voces diferentes que me han hablado durante mi vida. Pensaré en todo lo que me han enseñado y en lo que me han construido. Cuando decaiga en una sombra de distancias terribles y solitarias, pensaré en sus nombres y en sus caras. Cuando esté solo miraré sus fotografías. Y es que, indudablemente, ellos son lo mejor que tengo. Lo mejor que he tenido.

Últimamente le doy muchas vueltas a eso del bien y del mal. Intento pensar, cuando voy a hacer ago, en las consecuencias y en todas esas paranoias. Algunas veces consigo ser fiel a algún patrón ético – ¿quién lo establece?- para así sentirme bien conmigo mismo. Unas veces, me asedian las ideas epicureístas de la búsqueda del placer (del alma y del cuerpo, el primero superior al segundo) y por eso, me empeño en saciar la sed que crece en mi interior, con el infortunio tedioso de no conseguirlo casi nunca. Otras veces, por contra, la idea de Schopenhauer “el sufrir es la esencia de la vida” marca entre mis actividades una línea divisoria que me separa de la felicidad aristotélica a la que en innumerables ocasiones intento acercarme. Lejos de las ideas schopenhauerianas, que he de reconocer que me encantan, la practicidad de la vida nos lleva a buscar una vida contemplativa, pragmática si acaso, y analítica de las cosas.

Sin embargo, !hay tantas éticas! Que uno, si se para a pensar, puede ir aferrándose estoicamente a la doctrina que más le convenga. Si ahora quiero besar, beso. Y beso dándome igual a quién beso, cómo beso, y las consecuencias que tenga ese beso. Pero luego,  que no besen a mi pareja, porque entonces, someteré a una lucha psicológica al actor asesino de tal hecho. Y, si de casualidad, hay una gripe que acecha a la sociedad civil (la bautizada como Gripe A) estableceremos pautas de comportamiento tales como: “no besen”, “no toquen”, “digan hola”. Y, si nos ponemos duros, no tendremos más remedio que dejar de cantar el “Bésame mucho” para empezar a entonar otras letras menos afables y un poco más distantes.

Llegué pronto al Club 300. Es necesario descalzarse para entrar y respirar fuertemente como una contraseña vital de acceso. Lo primero que puedes ver es un infinito pasillo que desemboca a ninguna parte. Es suculentamente blanco, no blanco como un folio, no blanco como un copo de nieve. Blanco como el color blanco. En principio parece que no tienes referencia visual -¿cómo voy a tenerla si estoy en una constante sensación de vacío?-, sin embargo, al cabo de 300 segundos (los primeros trescientos segundos) empiezas a descubrir cubos concretos colgados de las paredes. Dentro de cada cubo hay una persona, que como mínimo, parece estar dormida. En total hay 300 personas, 300 cubos. Tienes una misión asignada: has de llegar hasta el último cubo sin que se despierte ninguna de las 299 personas anteriores. 

¿Fácil, verdad? Si alguno de ellos consigue despertarse, automáticamente pasas a formar parte del “Club 300″, ingresando en un incómodo y agresivo cubo de pequeñas dimensiones y de poca, bien poca, movilidad. 

El sonido en el eterno pasillo blanco se multiplica por 300. Tus pasos son el equivalente a los pasos de un ogro que pasea por una amable pradera de ogros y otros seres fantásticos. Esa dificultad no es la única: cada cubo, cada persona, tiene todos sus sentidos multiplicados por 300. Si logras pasar por delante de todos los super héroes herméticos sin a penas inmutarlos conseguirás de inmediato toda su capacidad sensitiva de un plumazo. Y saldrás, por el lado contrario al que has entrado, nutrido de capacidades sensoriales nunca imaginadas. Pero, ya te digo, si alguno se despierta, automáticamente te forjarás entre cuatro cristales transparentes que te mantendrán al vacío hasta que otro individuo pase por delante de ti y cometa el error de despertarte. Si nadie te despierta, te quedarás ahí de por vida. Y, con el paso del tiempo, tu potencial irá diminuyendo.

El club 300 es un club para modular tus sentidos. Es un club para jugarte a fuego tus capacidades innatas, heredadas de la genética humana. Mi experiencia fue satisfactoria. Llegué hasta el final del túnel, y al abrir la puerta pegué un grito de alegría: !Por fin había llegado!. En ese momento, caí en la cuenta, de que uno a uno, mis compañeros de juego, fueron despertándose, y yo, automáticamente fui encerrado en una cabina. Cosas de la vida.

Lo mejor es ir encontrando cosas – detalles, aspectos, momentos, palabras, imagenes, colores… – que te lleven a reafirmarte como ser sensible y humano y que te conduzcan a la búsqueda de las cosas profundas. Dificilmente podría hacer ahora una descripción aproximada de la noche de ayer. Ello es debido, principalmente, a que mis expresiones todavía son lo demasiado pobres y estrechas como para llegar a la gran dimensión del elemento a escrutar.

Por un lado, yo, una mirada inquisitiva y a veces pesada, no tengo la noche ni el respaldo abrasador del fuego. Tal como pasaba ayer. Por ese motivo me falta oscuridad y a la vez luz – la del fuego en el cielo- en estas palabras. Es un ejercicio de eterna complejidad aproximarse a una realidad que se ha vivido como intensa y emotiva por varias razones; La sorpresa, primero, de la catársis audiovisual que se derrumbaba en el Olimpo de los cielos; La admiración, segundo, por una fiesta y una tradición tan poderosa, que, cuanto menos, es capaz de sujetar con hilos de acero las más dudosas de las identidades culturales (me refiero, obviamente, a la identidad ilicitana). Y es que, ¿quién no siente orgullo -bajo el manto inmisericorde de l’Albà- de ser d’Elx? Nadie. 

Como bien pude intuir el espectáculo pirotécnico me sorprendió gratamente por su grandiosidad y su harta dimensión: el cielo, de punta a punta, cubierto de palmeras. La cohetà: una auténtica bestialidad. El conjunto de todas las cosas, en definitiva, supuso una gran satisfacción a nivel personal y cultural. Y luego, llegó el Amor. El Amor de la noche (y yo sé por qué con mayúscula). Llegó la belleza cogida de un péndulo, frágil y sensible, intangible quizás.

El encuentro fue por mi parte, más que esperado. Ansiado. Soñado a veces. Todo fue poco planeado, con un grado peligroso de improvisación y de alevosía. Sea como fuere, toda la proyección de belleza en el cielo se filtraba minutos más tarde a través de unos ojos autóctonos. Unos ojos de dátiles y palmeras. Unos ojos de Elche.  ¿Quién mejor para poseer la belleza y la magia de esa noche que una preciosa ilicitana?

De esa manera, pasé los minutos más nobles y gentiles de mi vida. Minutos cálidos y joviales, estéticamente galantes y atractivos. Unos minutos que me derrocaron en un abismo de fantasías breves, repletas de sus componentes corporales. Se encendió, de repente, y de forma inesperada, una espectacular llamarada de fuego. Fue su sinceridad repentina la que elaboró la declaración, y luego,   mi mente ingenua la que se perpetró en la suavidad cadencial de su tono de voz.

!Visca Elx!

 Desde el centro hasta todas las puntas de la diminuta población se abrían centenares de callejones estrechos del color de los melocotones mojados. Las callecitas se nutrían de unos balcones misteriosos de barras negras. Macetas de amapolas y lirios blancos intimidaban por completo la trayectoria del aire que tenía la suerte de pasar por ahí. El suelo de baldosas cuadradas dibujaba en su interior una figura como la cara del chocolate, una experiencia mística cuanto menos.

Una de todas las callecitas fue la cómplice de sus pasos, la que acompañó a esos jóvenes en su locura pasajera. No miento si digo que su aventura duró lo que dura el camino de la plaza a la otra punta del pueblo. Pero no es justo profanar tan cruelmente la realidad de esta historia, ya que, en realidad, una calle puede tardar en ser recorrida tanto como se quiera. Un callejoncito de lirios y amapolas puede tardar en ser vivida lo mismo que dura una vida. Y su vida duró lo que dura una calle, y la calle existió en su vida, lo que tarda en batir un corazón enamorado. 

El muchacho desconsolado veía perderse entre el fulgor de los silencios a esa que le juró amor eterno un día de intenso calor. En su huída  la muchacha no quiso recordar la enfermedad mortal del joven que lloraba ante el murmullo del agua caída.

La parafernalia de las fiestas de ese pueblecito bruñía como un dolor intenso de estómago. Todo se hacía más banal con el sonido desafinado de la orquesta que animaba la noche. Desde esta perspectiva, una morena de ojos como golondrinas, corría sin cesar ante el esperado encuentro. Y el otro, enfermo, sabía perfectamente lo que iba a ocurrir.

Dos de la madrugada. Callejón solitario y desnudo, olvidado de palabras y pasos. Una bicicleta hace parada entre dos balcones blancos. Los únicos de todo el lugar. Ante el sonido de la bocina de la bicicleta, la joven se deshace de un lazo rojo que cubre su cabello destilado en oro y castañas. Se monta en la bici y gira la cabeza hacia atrás en busca de la mirada enferma que ha dejado en el centro de la plaza. Se puede llegar con la mirada hasta el otro lado, recorriendo una larga distancia de balconcitos angostos.  No ha podido evitar fugarse con el nuevo chico, con el nuevo amor. Es un nuevo cuerpo sucesivo que se forja con la intensidad de un nuevo momento, más fugaz, menos feliz, quizás. Se marchan juntos.

En ese momento, el chico cuya alma se había podrido entre la soledad más efímera, despegó sus alas del asiento en busca de su amada. Ha visto perfectamente el lazo caído en el suelo. Corre sin aliento, sabiendo que en cualquier momento, puede caer desplomado en el suelo. Llega cansado y derrumbado. Coge con tristeza el lazo de la joven, y lee atentamente: “te quiero.  Nos vemos donde nos prometimos. Espérame”

Dos minutos después, las luces del pueblo se apagaron.  Las guirnaldas se mustiaron ante una noche no muy brillante. Los vecinos miraban por las rendijas de sus persianas. Un chico yacía ante el tacto suave de un lazo que contenía una eterna promesa de amor.

Tú has sido pasajera, como la ola brusca que ha cedido de tan mala manera ante la orilla. Y has sido pasajera porque te he visto durante dos instantes: en  mi ida y mi venida del paseo de esta noche. No te voy a ver nunca más, y si te veo no sabré quién eres. Ahora mismo, incluso, no recuerdo tu cara. No sé, ni mucho menos, cómo te llamas, ni de dónde eres. Sólo conozco el momento en que te he vivido. Conozco tu pelo rubio y largo. También recuerdo tu forma de caminar, que es como el movimiento del azúcar en la sal,  y el color de tu perro: blanco. Me has mirado porque te he visto mirarme, y te he mirado yo luego, por segunda vez. Y me ha gustado. Tanto que he necesitado hacerte un hueco entre la espesura de mis expresiones. Si no te hubiese escrito estas palabras, probablemente tú, como recuerdo y vivencia, habrías desaparecido para el resto de mi vida. Me habría olvidado para siempre. Sin embargo, escribiéndote serás una verdad más.  Porque, recuerda siempre, que para que algo sea verdad, tiene que estar escrito.

Le amenazaron los lobos putrefactos que iban cayendo de las ventanas. Una vieja, vestida de sangre y bragas, trepaba por una gran montaña de sierras y árboles, de dientes de ajo caídos. Con el pelo blanco, la cara complemente desfigurada y un olor intenso a orina, iba acariciando con sus manos rosas y arrugadas las rocas que iba encontrándose de camino en su ascensión. Allá arriba, había alguien esperándola.

La sangre iba goteando por el sendero e iba dibujando una gran pasarela nutritiva para los venados. El arrastre de sus piernas gruñía en el silencio abismal de la noche, que se mostraba cómplice. Al ritmo de su respiración se oían gemidos estrepitosos de dos jovenes que hacían el amor en el interior de un Ford Focus. Estaba allá, a la derecha de la señora monstruosa y de canas. No podía, en absoluto, ver quiénes se batían en un duelo de fluidos y gritos rotundos de placer. No podía tampoco adivinar sus formas corpóreas que, imaginaba la vieja, estarían sudadas y sucias como el carbón. Sin embargo, este accidente que hizo pararse a la misteriosa anciana, quedó olvidado en el más absoluto de los silencios, quedó perdido en la más oscura de las noches. Los gritos habían parado de golpe, y se apoderó del erotismo inacabado un áurea terrorífica de misterio.

De golpe, una sombra amorfa salíó del Focus con fuerza e ímpetu. El sonido de cuchillos fue lo siguiente que se fue sucediendo en ese espacio temporal. La anciana, magullada y moribunda, caía derrotada, por fin, en la cima del sendero. El hombre que la esperaba seguía allá, inmóvil, mirándola fijamente. La sierra se había llenado de sangre. La noche ya no era negra. Ahora era roja.

Miro hacia arriba, como siempre cuando me pongo melancólico, y tropiezo otra vez con la luna. Pero esque nunca, ese punto de inflexión en la oscuridad me ha forzado tanto la mirada. De un lado, están sus mantos densos y luminosos que hacen daño a los ojos. Por otro lado está su circularidad perfecta que nunca ha sido tan perfecta como hoy. Todo ello, reforzado por la idea de que no va a caer de ahí, de donde ahora está. Y que si cayera, un mar abierto y amigable la espera bajo su manto de manchas oscuras. La cuestión es que la miro como pretendiendo encontrar algún tipo de inspiración, de ésas románticas y metafísicas. Y yo, cuando me pongo, la encuentro.

Hará ya cuestión de un mes. Mersépode murió. Yo mismo me encargué de matarla.  Y hoy, otra vez, pienso en escribirle. ¿Dónde estará? ¿Y qué hará? ¿Pensará en mí? ¿Quién se la ha llevado? ¿Por qué me la han robado de esta forma tan infame? Si yo la quería… y ella también me quería, yo lo sé. ¿Por qué el olvido acecha el presente y abosrbe todo su recuerdo como la forma de nutrir sus entrañas? ¿Por qué sus cabellos sólo respiran en las fotografías insípidas y extrañas que todavía albergo entre mis sábanas? ¿Por qué su olor todavía me despierta desde mi almohada? ¿Por qué su silueta ha quedado marcada en mi colchón? ¿Por qué cuando me zambullo en el mar se dibuja entre las algas y los peces más traviesos? ¿Por qué es mi recuerdo bonito y preciado? ¿Por qué canto cuando sueño todas sus canciones? ¿Por qué miento cuando digo que la he olvidado? ¿Por qué si ya no está sigue estando? ¿Por qué todavía me excita su sonrisa enorme y pura? ¿Por qué, si me ha clavado el puñal más sangriento, sigo adorándola en el silencio de los perdidos? ¿Por qué, si no escucho su voz, noto en estos momentos un aire leve de su boca? ¿Por qué, si no me has querido, has besado mis labios? ¿Por qué te he llorado durante tanto tiempo para ahora recordarte otra vez, llorando? ¿Por qué pasaste así, tan rápido y tan accidentalmente? ¿Por qué sangran mis palabras cuando van para ti?

¿Por qué… Mersépode? Cierro los ojos ante la luna y espero, fervorosamente, a que algún día todas estas cuestiones sean respuestas no por la musa, sino por la persona encerrada en ella. Ésa que guía a los marineros cuando se pierden en los mares. Ésa que todavía no me ha rescatado de los océanos de la desidia y del amor.

Ahora mismo estoy sentado en el balcón de mi casa y me viene una brisa muy interesante desde la sierra. Tengo la luna justo enfrente de mi cara y me invade un olor a mierda descomunal. El olor, creo, no procede del interior de mi casa. El olor viene de abajo, de la calle. Es un olor intenso y putrefacto. Una mezcla entre tubería y caca de perro. Sin embargo, estoy tan agusto, que me acabo acostumbrando a este olor.

Mi vida es así: un ajetreo continuo y un emepeño incesante por acostumbrarme al olor de la más pura mierda. Pero entre esos olores inquisidores, van apareciendo sutiles ráfagas de sabor a pino, a fresa y a todas esas mariconadas. Y esas pequeñas cosas, como diría Serrat, son las que me hacen sentir bien. Como ahora, que me siento muy bien aquí en el balcón bajo esta incómoda humerada de aromas no bienvenidos. Acabar con esto no es muy difícil. De hecho, dentro de un par de horas, me iré de aquí. Bajaré unas cuantas calles abajo. Centro ciudad. Olores nuevos aunque no muy lejanos a estos. Una terracita, y un cubata.

El sol de media tarde no quema, es el que empieza a ponerse naranja y a esconderse detrás de la línea recta que nos aturde. Es el que más inspira y el más cálido, aunque no el más terroríficamente caluroso, que son cosas diferentes. Provoca una luz casi ténue y muy árabe (me pregunto si alguien entenderá qué es una luz árabe como la entiendo yo…) Filtra los últimos momentos del día y es el preámbulo de la cándida noche de verano, la que es más larga y distendida. El sol de noche sale para acomodarse en la evanescencia del reposo y de la tranquilidad, mientras el faro nocturno ilunina a los viajeros y paseantes.

Las parejas parecen dispersarse ante la saturación de ese brillo y las solitarias almas cierran los ojos para capturar entre las pestañas los últimos fogonazos sutiles. Entre tanto, y en la espera del nuevo amor, Amor dice: eres un sol.

Si un día te levantas y recibes un correo del pasado, que ya conoces, quédate parada un instante ante la pantalla. Y es que no es magia, ni mucho menos ficción. Puede ser un hecho simbólico o un error. Si va acompañado de un beso y de una flor, posiblemente sea una revelación flamante de amor y de cariño. ¿Has olido la flor? ¿Todavía sigue viva? ¿Y el beso? ¿Es como siempre te han besado?

Son pocos elementos para ponderar la fuerza de una intención pasada que sólo duerme entre la bruma interna de un candelabro. No es que se diluya el pétalo en la red  cibernética, ni que el beso se distraiga con terceros.

Si un día te levantas por la mañana, y te encuntras un beso servido en una bandeja, es conveniente que lo pruebes. Posiblemente sea como el mejor zumo de naranaja que desayunaste ese día mientras pensabas en tus pantalones nuevos. Si ese beso te llega una y otra vez, y te reclama, cázalo con una manta, envuélvelo con tus dedos y compara su color con el de otros besos. ¡Todos los besos no tienen el mismo color¡ ¡Ni todos los besos son agradables cuando piensas en tus pantalones nuevos¡

Es conveniente ahora que reflexiones por qué tienes un beso y una flor servidos en tu bandeja de entrada como si fuese un zumo de naranja.

Los pasos lentos como los de un león con malas intenciones. La huella intacta en la tierra movediza. Crea las paráfrisis más ocultas, y subvierte todos los criterios. Te engancha en el discurso comunicativo y te mueve, ligero y placentero, en la cadencia de sus ejemplos. Es como un profeta en la Tierra del espíritu que se elevó en el cielo y que, por falta de recursos y desidia, nunca quiso bajar para transmitir el mensaje a los mortales. Es la voz de la estructura y de la melodía, el cántico de la explicación bien condimentada, con el ingrediente justo de amiguismo.

Hablo de Ramon Sanjuan Mínguez, el profesor, músico y permítanme, amigo, que desde hace dos años me ha enseñado y transmitido el verdadero placer por la música y por el cine.  Por separado, y juntos. Los momentos vividos en el conservatorio de Elche pasarán a la historia de mi vida como un capítulo mordaz e inteligente de dosis suaves de sabiduría, de gusto excelente por el tema que se trata y de precisión cardíaca y milimétrica de todas las cosas, de todas las melodías que han pasado por la historia, de  todas las armonías que nos ha hecho ver, de las formas y las estructuras, de las meras curiosidades hasta los contenidos más absorbentes.

Termino hoy en elche un curso en la Universidad Miguel Hernández sobre “Música en el Lenguaje Audiovisual”. Comparto con todos mis compañeros asistentes un viaje intenso y nutritivo. Un viaje que nos ha llevado por la senda de la comunicación audiovisual, así como del tratamiento de la música en este ámbito, cómo se usa, qué funciones tiene, cómo se construye la banda sonora, cómo vemos para escuchar, cómo escuchamos para ver… En definitiva, este profesor te enseña a querer algo que sabías que querías. Te da razones y motivos. Te da argumentos racionales para terminar de ser un apasionado de la música y a la vez, te inicia en la exquisitez del séptimo arte.  Te orienta en la crítica y te despoja de clichés aprendidos y pasados. Te fomenta la audiovisión en la totalidad de su significado  y te eriza la piel cuando afirma de forma rotunda (com posterior explicación y demostración): “La obertura de Tchaikovsky 1812 es cine”.

Para él sólo tengo palabras emotivas y una gran admiración. Ya quería manifestar desde hace bastante tiempo mi gratitud por este señor, porque, considero vital que a las grandes personas, a los grandes profetas, se les  haga llegar una ráfaga leve de buenos sentimientos, un regalo justo y merecido. A mí, no se me ocurría una forma mejor de darle las gracias por todo, por eso, utilizo mi blog y mis palabras. Es un medio expresivo más, a veces efectivo y otras, completamente inútil. Pero cuando la palabra funciona, igual que la música, es capaz de quedarse para siempre, en lo más profundo del alma. Y esto lo sabe hacer muy bien Ramón. Gracias.

Carmen es un nombre, que en los últimos años de mi vida ha significado muchas cosas. Por un lado ha tenido el significado de la pasión del personaje de Carmen, de Bizet. Por otro, ha significado una relación impetuosa e inestable, desembocada a la música, explosiva. Y por último, a día de hoy, significa tradición, familía, mar… El nombre de Carmen me evoca más que a cualquier persona que se llame Carmen a cualquier persona que se llame Teresa, y no cualquier Teresa, sino Teresa mi abuela. Mi abuela que ya hará casi un año murió.

No he podido evitar sentir emoción cuando he visto salir la imgaen del Carmen de la capilla del muelle y recordar inmediatamente a Teresa, Teresita. Porque fue ella la que me enseñó eso de: “Salve, estrella de los mares, de los mares iris… ” Por un instante me he visto de pequeño, con la cara de bollo, con las pecas que ya no están, con la mirada limpia y la mente tranquila, con esas cosas de cuando somos niños…

Si me he visto tan claramente ubicado en el pasado es porque, realmente, no ha cambiado absolutamente nada respecto hace unos años. Todo es igual. Una procesión católica que hace el mismo recorrido, una misma coral que canta la misma canción, un mismo orden, una misma gente, un mismo mar, el mismo olor y las mismas bocinas, los mismos carritos con los globos… A esto le llamo yo ser tradicional y conservador, y es que Santa Pola es un pueblo que entiende mucho de esto.

Además, transcurridos unos minutos de procesión, ellos, los que procesionaban y los que veían procesionar, han sacado sus goteros y sus mascarillas. Se han enchufado al oxígeno y muchos han sido arrastrados en sillas de ruedas. A algunos les temblaban las piernas, y otros, simplemente empezaban a morir. El clima y el color ha ayudado a conseguir este curioso efecto. Y esque este presente no es de fiesta, todos están mustios y enfermos. Noto que vivimos un momento paranoico, oscuro y ambiguo. Cuando yo era niño, nadie iba en silla de ruedas, y nadie respiraba por medio de artificios.

Los hombros semipelados. Rojiza la espalda. Caído en la arena, tumbado en la orilla, siniestro en el agua, como una muerte anunciada. Ahora se me cuela el agua suave por las piernas, y me enreda los pelos, me despeina. Estiro las piernas y los brazos, me vuelco en el fondo. Llega un momento en que el sol empieza a dibujarme la cara y enciendo una vela, igual que la del barco que ahora pasa. Blanca y grandiosa. Me dibuja también las manos y las yemas de los dedos que vacilan sombras. Me nutren las algas y las huellas que quedan de esa chica solitaria que pasea pegada a un móvil. Mueve su melena de punta a punta, y en la roca en que se sienta, afloja su bikini color marrón. Sin dejar el móvil mira hacia donde nadie mira y no encuentra nada.

 Si el cielo se uniese con el horizonte formarían un telón teatral inmenso y azul, continuo. Y desde el otro lado, en tierra, como un espactador, me dejo llevar por el lenguaje de las caracolas. Llega una violeta y grisácea, como una cáscara de nuez, como una vocal enmedio de una palabra extraña y querida. La coges con las manos ya arrugadas y te la acercas al oído: oyes el mar. Pero también oyes la arena, y el sol que con la tarde cae y se vuelve naranja. Es ése ambiente sintáctico de granos de tierra y verano, es la frescura mezclada con el olfato, y la ternura lanzada al camino. Es un mosaico de pinturas tranquilas y frescas. Me doy la vuelta y espero la llegada de la próxima caracola.

Este blog es lo más parecido al movimiento del mar. A veces activo y furioso, y otras, lejano y silencioso, callado. Como una furtiva e impetuosa ola, vuelvo para escribiros, a vosotros, mis nunca olvidados lectores.  Las primeras sensaciones que me ofrece este verano son no demasiado alegres. Y es que la gente no es la misma gente que hace dos veranos, que hace un verano. La gente no pasea tanto, la gente no llena las calles de la ciudad con tanta precisión.  Busco a esa gente a la vuelta de cada esquina, y en la terraza de las heladerías, y no la encuentro. Será la crisis, dicen. Yo tengo otras teorías…

Cosas aparte. Este verano he emprendido con dos amigos un interesante y nutritivo proyecto: Mosaic. Es un programa radiofónico de divulgación musical, sobre todo. Se emite los miércoles en la emisora local de Santa Pola SolFm radio, de 22 a 23 horas. Es ése programa que poca gente haría, y que no demasiada gente escucharía, desgraciadamente. Pero para eso estamos, para impulsar este tipo de formatos, con una temática interesante y culta.

Este verano, además,  tengo una misión importante: enterrar por completo a las musas. Si bien ya maté a Mersépode en el anterior programa de Mosaic, ahora toca borrar su rastro y su huella, su ascética presencia en la vida de los “normales”. Porque al final todos tienen razón, tenéis razón: no se puede vivir creando historias, al final, la realidad se impone sobre todas las cosas y es ésta la que rompe el yugo de la seducción. El romanticismo se va a la mierda, y afloran las putas y desastrosas palabras destructoras. Un adios y un hasta nunca abre una era de saludos concertantes. Un despido fortuito y un cierre rotundo a un libro empolvado resuena en una mesa como un punto final. Porque… ellos bailan al ritmo de las bestias, y matan musas. Posiblemente, algún día yo vuelva a rescatarlas.

Venía por la calle principal de mi pueblo con un rostro casi inanimado, plagado de espirales blanquecinas y de seres espectrales. A la par me salían flores por los ojos, brisas candentes de pequeñas alegrías, de esas pequeñas cosas.  Iba como flotando por el aire. Y era normal. Venía del conservatorio y había escuchado a Mersépode cantar algo que justamente me conmovió el alma:  ”La mañanita de San Juan”.

“Mañanita de San Juan, levántate tempranito y en la ventana verás de hierbabuena un poquito”… Y desde allí me daba un aire de tranquilidad. Una tranquilidad que todavía no había tenido. El aire me conectaba con la expresión de esa frase. Frase que creaba un ambiente casi místico, trascendente para ese momento vital en el recuerdo de la vida.

“Aquella paloma blanca que pica en el arcipiés,  que por dónde la cogeria, que por dónde la cogeré; si la cojo por el pico se me escapa por los pies…”  Fresca y contrastante con el resto, el dinamismo en el picado de las manos, en el gesto marcado de los ojos, porque ahora su melena apartada hacia un lado se mueve como la palabra seductora en la boca del enamorado.

“Coge niño la enramada, que la noche está serena y la música resuena  en lo profundo del mar”…. Agacho la cabeza y la oigo. Me veo enfrente de un espejo que hay dentro del aula, y me refleja la expresión de mis ojos. Y mis manos se mueven, acariciando cada palabra que llega a mi oído, y las guardo con fuerza, para que no se me pierdan. La música resuena entre la inmensidad de ese momento, de ese gran terreno de palmeras. El día es verde y alegre, y ella es azul e infinita, como la profundidad del mar al que le canta. “La noche está serena, y la música resuena en lo profundo del mar… “

 

La pareja artística por excelencia del mundo lírico (para mi gusto) es sin duda la formada por Anna Netrebko y Rolando Villazón. La química entre ambos y la expresión que derrochaban juntos en el esceario era algo fuera de lo normal, algo demasiado perverso para la naturaleza humana, algo excelso en el entendimiento de lo bello y de lo cohesionado. Son dos cantantes que me han llevado loquito los últimos tiempos, sobre todo Anna Netrebko. Desinformado, en un principio creía que Villazón y Netrebko eran pareja en la realidad. Más que creer quería que fuesen pareja. No podía ser de otra forma para mí, porque, aunque ahora ya sé que no lo son, no quiero aceptar esa realidad.

Pero ahora la realidad es otra. Al parecer, según informa hoy El País, “Un quiste en las cuerdas vocales paraliza la carrera del tenor Rolando Villazón”.  Tenía programados varios conciertos junto a Netrebko o el español Plácido Domingo. Ahora, queda parada su trayectoria y su instrumento queda en manos de un cirujano. ¿Y luego? Aquí está la cuestión. Espero que Villazón se recupere pronto y que vuelva a estar en activo.

La diagonal también es una línea recta. Y es la distancia más corta entre dos puntos. Entre ambos, hay más puntos, que se mueven y se estancan, que se elevan y se sumergen. Si los dos puntos han estado ahi perennes, el entorno los ha nutrido de experiencias y de sonidos, de expresiones inmensas y de furtivas sensaciones.  Si los dos puntos han permanecido a lo largo del tiempo mirándose a los ojos, sus almas se han enlazado en un mismo compás, que los han deshechado al abismo. Si entre ambos puntos, ha aparecido el fuego la física no ha funcionado. Las matemáticas no han podido explicar que en ese espacio tridimensional dos bocas se hayan buscado. Y entre tanto, el sonido.

Una flor en la solapa: “tienes una flor”.  Una cabeza obstruyendo el paso de la mirada: “nuestro amor es imposible. Él está en medio de nuestro camino”. Un reclamo al aire, una espera entre el airecillo de las palmeras: “el beso”.

Desde hace unos cuantos años, dos puntos han estado en diagonal, y desde hace muy poco, deseándose en línea recta. Entre esas cuatro paredes. Este miércoles será la última vez que estén en diagonal.  Pero esa línea  no siempre ha sido ni será la distancia más corta entre ambos.

Os acerco en una nueva ocasión unas palabras de mi queridísimo Vicent. Para que siempre sueñen, para que disfruten y  para que siempre tengan la  ilusión de un niño.

LA CABAÑA (Manuel Vicent)

Dijo Pascal que todo lo malo que le había ocurrido en la vida se debía a haber salido de su habitación. Se trata de un pensamiento muy certero, porque, bien mirado, todos los problemas que uno arrastra a lo largo de los años se derivan del hecho de haber abandonado aquella cabaña que un día montó en el jardín cuando era niño. El mito de la cabaña sigue teniendo hoy una fuerza extraordinaria. No hay escritor, artista famoso, político, hombre de negocios o banquero sacudido por el estrés que no sueñe con retirarse durante un tiempo a vivir en una cabaña lejos del mundo. Existen cabañas de muchas clases, según el subconsciente de cada uno; las hay de indio apache, de pastor, de leñador del bosque, de pescador escandinavo, de expedicionario perdido en el desierto, de náufrago en una isla de los mares del sur. Otras adoptan la forma de castillo medieval, con almena o sin almena, recias e inexpugnables. En todos los parques públicos y en los jardines de infancia se montan cabañas para que los niños jueguen a esconderse o a protegerse de unos enemigos imaginarios. Algunas son muy lujosas, pero ninguna se parece a aquella tan maravillosa y rudimentaria que construimos, cuando éramos niños, con cuatro palitroques y una empalizada de cañas en el desván, en el patio o entre las ramas de un árbol. La seguridad que nos daba aquella cabaña se perdió junto con nuestra inocencia. Un día dejamos de jugar. A partir de ese momento quedamos desguarecidos, solos en la intemperie, lejos del mundo de los sueños, frente a unos enemigos reales. Es evidente que estamos rodeados de basura por todas partes. A cualquier hora del día nunca deja uno de ser agredido por la sucia realidad, por un acto de barbarie o de fanatismo. Pero existen seres privilegiados, que son capaces todavía de montar a cualquier edad aquella cabaña de la niñez en el interior de su espíritu para hacerse imbatibles dentro de ella frente a la adversidad. Si uno la mantiene limpia es como si estuviera limpio todo el universo; si en su interior suena Bach la música invadirá también todas las esferas celestes. Este reducto está al alcance de cualquiera. Basta imaginar que es aquella cabaña en la que de niños nos sentíamos tan fuertes.

Eso que tienes un ratillo y te pones a leer el correo electrónico de hace unos tres años. Y claro, no tarda en llegarte esa risa tonta al ver esas viejas tonterías que estaban en tu bandeja de entrada, y que por ser un completo descuidado (o simplemente porque te gusta guardarlo todo), no has vaciado. Pues eso acabo de hacer ahora, no hará más de quince minutos. Y se me ha puesto cara de babuino travieso al recordar a una diosa griega que me cautivó un verano. Yo era un adolescente precoz.

Recuerdo la anécdota con mucha nostalgia y mucho cariño, porque mis amigos Rafa y Xavi tampoco la olvidarán. La conocí y lo primero que me atrajo fue su nombre. Lo siguiente fueron sus piernas y su cintura. Yo empezaba a salir en verano y mis sentidos ya iban adquiriendo una cierta perspectiva distorsionada y sucia del entorno (esa edad era muy mala, pero muy mala).  Y claro, un adolescente como yo en vísperas de hacerse un hueco en el mundo de la zalamería no podía pasar por alto la planta insurgente y totalmente absorbente de esa desconocida con sonrisa de escamas.

Entonces empecé a ser “simpático” (algo horrible, por cierto). Luego empecé a ser “pesadito” (algo peor, claro). Pero le caí bien, y eso… !eso ya era un paso para llegar a su Olimpo! Conseguí con ella una cierta relación que se iba continuando en las feroces y desgarradoras tardes del verano santapolero (que por cierto, deseo que llegue ya). Y una noche, en el restaurante que trabajaba, lo hice. Y ellos me ayudaron.

Era la primera vez que compraba una rosa. Y todavía lo recuerdo con alegría y entusiasmo. Esa tarde fue !toda para mi! Estaba sólo en casa, además. !Las ventanas abiertas de par en par, la música a toda mecha, y yo, por ahí, saltando en calzconillos de sofá en sofá, riendo sin parar! Fui a la floristeria una vez estuve bien acicalado, y de mi boca salió por primera vez: buenas tardes, una rosa por favor. Más agusto que un arbusto y más feliz que una perdiz dejé la rosa en la cama, y nervios esperaba las horas que me separaban de volver a verla.

Hora de la cena. Mis amigos y yo ya estamos sentados en la mesa. Ella, amablemente, nos atiende. Cruzamos alguna sonrisa y algún guiño. Poca cosa más. Llega el momento. Empieza la acción.

La misión era sencilla: dejar la rosa encima de la mesa junto los restos de comida y demás mierda para que, una vez la camarera excelsa fuese  a recogerla, se asombrase estupefacta ante el brillo desmpapante de mi rosa. Pero algo falló. Quizás fui yo que me puse nervioso. Rafa tenía la pierna rota. Las muletas estaban apoyadas en la pared. Entonces Xavi escribió la frasecita que acompañaría a la rosa en una servilleta. Se levantó y se fue. A continuación, yo, tras un ataque de histeria, dejé rapidamente la rosa sobre la mesa y me fui del lugar sin despedirme de ella. Pero, mi amigo se quedaría dentro unos momentos más afrontando por mí esa incómoda situación. El motivo: su casi inmóvil situación física.

El resto de la historia ya os la podéis imaginar, aunque nada sea previsible. La cuestión es que tengo nostalgia porque no sé nada de esa chica, y estoy seguro de que si me la volviese a cruzar, repetiría la escena de la rosa y tantas muchas otras… Pero ahora, de ella sólo me queda su recuerdo efímero y la frase efímera que postré en ese restaurante: Para Atenea, la más bella de las diosas griegas…

Hay razones por las cuales uno nunca deja de respirar. Y aunque en principio resulte, amiga, una necesidad fisiológica es al fin, una manifestación del alma. Una forma útil (según como se mire) de medir la vida es por las ventilaciones de nuestro cuerpo, por las veces que nos quedamos sin respiración. Sé, que tú, vestida con una bata blanca y con un “doctora” al acecho de tu persona no vas a compatir mis razones.

Es fácil caer en la tentación de dejar de respirar.  Y más cuando en tu mente tienes constantemente el resplandor de eso que te hizo sonreir tanto. Y no fue hace tanto tiempo. Es una sensación de ingravidez, de caer en un abismo de luz, lleno de momentos de placeres mínimos y fugaces, como el sabor de la fresa al acercarse a la lengua, o el olor del chocolate caliente al penetrar por las fosas nasales. ¿Te haces una idea?  Veo la imagen y a continuación respiro muy fuerte, y luego me alío con el silencio y sonrío suavemente, hacia los lados. 

Eso que me hizo sonreir tanto también me hizo soñar alguna noche, y tener ilusiones durante el día, cuando ya nadie sueña, sólo tienen pesadillas. Como una válvula de escape me libera por las orejas un material magnético, imperceptible, como el susurro de un enamorado en la madrugada. Y entonces voy enmarcando en paneles blancos un sinfin de buenos recuerdos, y me acerco a ellos como se acerca una ola a la roca, la acaricia y se marcha, pero siempre vuelve a irrumpir con fuerza ante el gran rugir del mar. El mar tiene ímpetu y fuerza, pero también tiene sosiego y tranquilidad.

Por eso, es fácil caer en la tentación de dejar de respirar. A mi me pasa siempre que te recuerdo. Me pasa siempre que recuerdo nuestros viajes y nuestras “peleas”, me pasa cuando recuerdo tu nombre y su acento, y cuando te pienso risueña y como te conocí. Por eso caigo en la tentación de no respirar. Pero pasa en una milésima de segundo porque en seguida me vienen las rzones por las cuales uno nunca deja de respirar. Y en tu caso es una única y grandiosa: son esas dos burbujas que se meten hacia dentro, que hacen circunferencias con alguna sombra, y que delimitan tus comisuras. Son dos esferas que parpadean y que con sus destellos inquietan. Es esa sonrisa que le marca a uno la vida. Es eso lo que mide la vida. Son esas pequeñas cosas las que me mantienen cerca de ti.

Al rocío de esta noche que se hará tan larga…