El canto della terra

Hay batallas en las que uno pelea todos los días, incluso habiéndolas perdido. Son luchas internas, con uno mismo, como cuando tienes que estudiar y tienes al lado la cama y te pasas la tarde saltando de la cama al escritorio, con la mente más en la primera. Sabes lo que debes hacer, conoces la técnica, el procedimiento de actuación y, sin embargo, acabas en el colchón mirando hacia la pared que tienes enfrente esperando  que se te revele un teletubbie con la verdad sobre todas las cosas.

Es el momento de las preguntas. Que para qué van a venir con respuesta. Para qué. La pregunta es la batalla, la incertidumbre de no saber con certeza nada: es la agonía con cara de payaso. Al final de la guerra, te deshiciste de las armas y tu cuerpecito de guerrero pasó a ser un cuerpecito más, un cuerpecito anónimo y sin ganas de levitar, sin la pretensión de ir al cielo post mortem. Te quedaste con besos en las manos, con unas profundas ganas de llenar de verde todo el espacio bombardeado. Preparaste kilómetros de agua para regar y un poco de barniz para ponerle brillo a la pintura vieja.

Pero sigues en lucha, sigues levantado por si regresan los extraterrestres. Que siempre vuelven. Y por eso estás en una guardia continua, invadido de escalofríos. Cómo vas a regar el campo si no tienes campo. Cómo vas a plantar un árbol si el árbol en esta dimensión ya es extinto. Cómo vas a escribir con musas si las musas no saben hablar. Sólo se puede hacer una cosa: guardar la regadera, preparar el abono, apagar el horno y escuchar a los teletubbies que se te aparecen en la pared mientras sueltas una lagrimilla con el canto della terra.

Todo es nuestro

Quien entienda el idioma de las piedras que tire la primera. Los que no seguiremos dando vueltas como un hámster. Así, tiernos, dentro de un gran bibelot. Iremos necios y absurdos hacia el fin de la gente, sorteando la muchedumbre que cojea. Hablaremos por hablar en un ejercicio de curanderos, sólo por mantener sanos nuestros corazoncitos de carbón. Y entonces, con muñones, con ruedas, con una cremallera en la boca, cerraremos los ojos, ¡más prietos que la boca!,  y sabremos que ese trocito de agua es nuestro. Que todo lo que hay ahí es nuestro.

Manel – Captatio benevolentiae

Cinco de enero.

 

” … Era como tocar el mundo con las manos enfundadas en un par de guantes quirúrgicos. Allí tumbado, oyendo cómo el mar roía sin prisas la orilla… Era tan diferente ahora. Ahora, el ayuno de su alma había concluido; ahora saboreaba cada instante de su existencia, cada segundo de sí mismo, y descrubría maravillado cómo cada uno sabía distintinto al anterior. Era com renacer, como despertar. Oh, la maravillosa belleza de lo simple… “

El vigilante de la salamandra. Félix J.Palma

 

Cliente de oro

- Hola, buenas tardes. Le llamaba porque… ¿no ha notado que últimamente su internet va más lento de lo normal?

- Bueno, pues… un poco más lento sí que va.

- ¿Ve? Por eso quería ofrecerle una nueva oferta. Un 30 por ciento más barato de lo que paga ahora mismo y le enviaría un nuevo módem. ¡Más moderno!

- Pero, ¿exactamente por qué?

- No, a ver, esto es una promoción. Pero… ¿no sabe que usted es el cliente de oro?

- Pues no sé, pero ¿por qué habría de pagar un 30 por ciento menos de lo que pago ahora? ¿Y qué tiene que ver eso con la velocidad?

- Señor, nos gusta tratar muy bien a nuestros clientes porque no queremos que se vayan de Vodafone.

- Si me parece genial…. Si a mí ya me tienen enganchado de los huevos con una permanencia en el móvil, ¿qué quiere colarme una permanencia también con internet?

- ¡No! Yo sólo quiero tratarle bien, señor. Porque me gusta mimar a los clientes, porque ahora… ¡Ahora la cosa está muy mal! ¡Y no queremos que se vaya a otra compañía!

- Tranquila. No me iré. Todo seguirá bien.

- ¡Por favor! ¿¿¿No lo entiende??? Usted es el cliente de oro de nuestra empresa, ¡es la columna que soporta todas nuestras triquiñuelas! ¡Sin usted nosotros no somos nada!

- Bien, todo seguirá bien. Aleje los utensilios punzantes y cortantes que tenga a su alrededor y mantenga la calma. Todo irá bien. Respire.

- Prométame, prométame, por favor, que me será fiel hasta que la muerte nos separe. Prométame, prométame, por favor, que jamás contratará ningún servicio de cualquier otra fulana que le venda falsas ofertas.

- Ya le digo que no, que me mantendré fiel a sus servicios. Puede estar tranquila, no me iré. Pero ahora no le puedo prometer una permanencia. ¡Una permanencia no!

- ¡Dios mío! ¡¿Por qué no quiere aceptar mi petición de permanencia?¡ ¿No es acaso mi voz lo suficientemente sensual y dulce para embelesar sus oídos, señor?¿no le inspira mi presencia, a través del auricular, una confianza extrema?

- Sí, sí. Es usted la persona más dulce con la que haya hablado jamás y su voz me transmite una confianza extrema, la misma que me produce saltar con paracaidas desde el Empire State. Pero entiéndame, no puedo prometerle una permanencia.

- Bien, no le insistiré más.

- Tranquila. Ha sido muy amable. Me siento muy querido por su empresa, más que por mi propia familia. Para el año que viene, podríamos cenar juntos en nochebuena. Igual allí me convence de alguna permanencia.

- Muchas gracias, señor. Feliz navidad.

- Venga, maja. Un besete.

 

 

 

Aprender la soledad

Nadie nos ha enseñado a estar solos. No conozco a ningún predicador de la soledad. En los mercadillos no se vende. Ni en los grandes almacenes. La publicidad nunca quiere estar sola. Ni la navidad, ni el verano, ni la casa de vacaciones ni siquiera el más solo de los solos. El mundo no quiere estar solo porque perdería toda su organicidad alomejor; quizás se autodestruiría en una hipotética búsqueda autista. Nos han diseñado a pedazos, con el falso propósito de que nos pasemos la vida buscando que alguien barnice nuestro color sin brillo (el medio limón: já). Que alguien nos complete como en el juego del ahorcado. Para ser palabra. Para no quedar solos como el muñeco ahorcado con una cuerda por no haber conseguido todas las letras. Siendo la palabra soledad la que había que completar.

Cortometraje Lone-illness